lunes, 11 de agosto de 2014

Nuestros públicos secretos...

¿Hasta dónde se oyen las palabras? ¿Hasta donde no se oye nuestro silencio? Mi respiración, tu respiración, nuestra transpiración... se va con el viento y da la vuelta al mundo en 888 días... luego regresa a nosotros, como un sagrado boumerang, y nos hace que respiremos, otra vez, nuestros besos o nuestras altisonancias transpiradas y escupidas hacia el cielo y hacia el infinito. Vómito sacro, hálitos que se van como aves y regresan cada mil años al lugar del que salieron: nuestros pulmones y riñones des-humanizados, des-humanizantes. Dicen que el que escupe o besa al cielo, a su cara, sin saber, está escupiendo o besando... no sólo es así, el que vive y respira, el que habla y transpira, a su alma está pintando, pues el boumerang sagrado nos regresa lo que mil años atrás nuestros padres exudaron. ¿Es que hace falta ser un sabio o semi-dios para entenderlo? No que va, sólo hace falta dar un beso o respirar, transpirar o escupir, para que nuestras vidas nos regresen eso que sembramos. Todos somos sembradores, todos somos lanzadores de boumerangs que retornan, y aunque no nos demos cuenta, en los ojos de los hijos lo veremos... porque nuestra maldición es poder mirar, que lo que lanzamos, luego de mil años, nos perseguirá... una ofensa al infinito, infinita pena nos devolverá... pero un beso a las estrellas, junto a ellas nos nos envolverá... no hace falta ser un sabio para ver que nuestra luna llena es un testigo, cada treinta días, de los besos o de los escupitajos que sembramos para nuestros hijos. Nada es nivisible, para esos ojos infinitos que en cielo nos contemplan, y también a esos nuestros públicos secretos... no existe el anonimato, para nuestros boumerangs sagrados, que nos besarán o escupirán, cuando a nuestras almas ellos vuelvan.